Bajé de la micro con un salto agraciado y choqué a un señor por despitada para llegar a Seminario. Caminé por la vereda oriente como de costumbre y vi ese colegio al que casi entro, pero que como pequeña de cinco años y segura, fui sincera con mis padres y les dije que no quería (no me habían caido bien las tías). El olor de comida peruana y el condominio de la And: recordar los años de amistad y una que otra anédota, ya era tiempo para volvernos a ver con la Punto. Caminé con ciudado, la acera más de alguna vez me jugó una mala pasada y me tropecé. Miré esa calle donde siempre hacen comerciales por su singular forma. Sin sorpresa, mientras avanzaba un ciclista, venía hacia mi y fruncí mi ceño. "¡Anda por tu derecha!... debería reaprender andar en bici".
Crucé una calle, con cuidado mientras gente trabajaba en ella. Vi un remolino de viento en el suelo. Algunas hojas aún parecían querer jugar. Incluso sabiendo que luego se separarían para siempre. Respiré un café, luego frutas, y perros indecisos paseaban a sus amos indiferentes.
Pronto oscurece y, al frente, un restorant deja sonar una canción de salsa, tomo a un chico de polerón azul de la mano y lo invito a bailar: Danzamos sin preocuparnos, avanzando hasta que la música dejó nuestros oídos. No me despido. Luego veo el supermercado: el que siempre tiene algo mal. La puerta de la polola del chico de apellidos raros que murió en ese lugar. Mi corazón se aprieta, vivo en un segundo la pérdida de alguien. Me detengo en la casa de la esquina y noto que niun proyecto ha sido victorioso en ese lugar. Ferretería, academia de baile contemporáneo, comida china, entre otros. Sigo adelante con plátanos fritos, lavanderías que son visitadas sólo por los viejos vecinos.
Llego a las torres azules. Carlangas me espera hace unos minutos, le doy un abrazo, una sonrisa y un reto, él un consejo, una sonrisa y un pronto. Compartimos sentimientos profundos, esos que dejo en cenizas, en vez del papel. La calle luego se llena de niños formales con su pañolín, estoy llegando a la callecita de la parroquia.
Marín: antes el almacén de la Nany y ahora un restorant de sushi. El condominio en el que viví toda mi infancia y donde vive ahora la Sari. Veo la luz prendida de su pieza, ya estará estudiando: sigo mi camino. Paso por la casa con sonidos de tango y el cuidador sentado en su piso, igual que siempre, con su camisa blanca y pantalones café mantiene sin movimiento mi aparición. Miro hacia adelante y está alguien que quise mucho, me da la espalda, avanza. Yo no, yo llego a mi puerta. Me saluda el conserje y dejo la calle.
Siempre es mi momento
- lo escribí hace algún tiempo
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