lunes, 27 de octubre de 2008

1949

Dormía. Eran ya las tres de la tarde y el interior de su casa simplemente se iluminaba por los destellos que llegaban desde el balcón. Su respiración era pánfila, sin embargo, en sus adentros, un cuento de ensoñación se encontraba al frente de sus ojos.
Se encontraba corriendo, fausto e imberbe. Frío y sudor eran la mezcla de esta marcha. Estaba solo entre la niebla húmeda de madrugada, pero pensaba en alguien más.

-¡Alejandra!-, se repetía sigilosamente hasta el cansancio. Corría en su búsqueda. Sentía cómo la humedad del asfalto retrasaba su destino. Alejandra, Alejandra. Las casas, las plantas y el pueblo parisino se tornaban difusas. No había tiempo para dejarse encantar por el paisaje. No, no importaba.

Luego, una imagen acaparó la atención de sus ojos. Allá se encontraba Alejandra, triste y con una mirada perdida. Allá se encontraba sentada en la escalera.
Se miraron y ella sonrió. Manuel la tomó de la mano y se la llevó a caminar.
No hablaban, el viento en sus oídos cantaba un soliloquio de lo que el otro sentía. No hablaban, pero sus miradas decían más de lo que podían comunicar.
Manuel la guiaba por la ciudad, tomados de la mano seguían un camino sin destino, sin tiempo. Se enredaban entre las calles y el murmullo de la gente. Corrían y sonreían. Vivían con el corazón en la mano del otro. Pero ni una sola palabra.

Repentinamente, se detuvieron los dos. Ya no había ni cantos ni murmullos.
Ambos se encontraban en absoluto silencio, mientras la gente caminaba a sus costados. Se miraban fijamente y una lágrima rodó por la mejilla de Manuel. Con sus dos manos acarició el rostro de ella y la llevó a su pecho. La abrazó tan fuerte como pudo. Manuel sabía que era la última vez que la vería… que la tendría. La miró y la abrazó para recordarla. La apreciaba para poder tenerla despierto.

Despertó, pero no abrió los ojos. No porque el sol estaba encima de ellos, sino sólo por tratar de recordarla.

-Alejandra-, decía en voz alta rozando su cama, aquella temperada por el sol que era su único abrazo cálido.

No quería abrir los ojos, aún no lo lograba discernir de su presente. Sentía su cuerpo pesado y gastado. Sabía que mantener cerrados sus ojos era la forma más ingenua de sentirse vivo, pero eso lo dejaba con un vivir parsimonioso. Se levantó lentamente, como se le permite, tomó de sus anteojos y caminó hacia el balcón. Miraba hacia el cerro San Cristóbal y lo sentía tan lejano, tan ajeno. Él quería encontrarse en París y desde su balcón mirar la Torre y estar con ella.

Una lágrima cayó. Se secó su senil rostro y sintió cómo la garganta quería dejar salir miles de palabras. Se sentía un estúpido, porque la había dejado escapar. Se miró sus manos y las llevó a su cabeza. No lo creía, y aún no lo puede entender: cómo ese amor adolescente cambió su vida. Lloraba con angustia, porque sabía que él la había dejado escapar. Lloraba, sin consuelo, porque sabía que sólo en sus sueños la vida le daba otra oportunidad.